miércoles, 1 de mayo de 2019

Buenos seres humanos

La primera cátedra de medicina del país la ofreció, en el año 1733, el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá, pero fue solo hasta la primera década del siglo XIX que la oferta resultó realmente atractiva para la matrícula de estudiantes.
Era la época de la colonia. Esos primeros alumnos debían memorizar muchos textos sin poder hacer mucha reflexión de ellos, las oportunidades de cuestionar y de hacer comparaciones empíricas eran muy escasas. Se sometían a largas jornadas estudiando ciencias básicas y a unas muy cortas de atención a pacientes. Gran parte de la enseñanza se hacía en el anfiteatro, intentado entender en los cadáveres las razones por las cuales los tratamientos habían fallado.
Explicar la enfermedad como la lesión de un órgano específico, desconociendo aspectos del ser biopsicosocial que la padece, permaneció como concepto en las escuelas de medicina del país por más de un siglo. Este enfoque anatomopatológico exclusivo se mantuvo a pesar de la implementación de las recomendaciones del famoso Informe Flexner para la educación médica.
Si bien las prácticas clínicas lentamente se volvieron más frecuentes, en ellas solo se indagaba por la enfermedad, dejando de lado la salud pública y el entorno de vida del paciente. Fueron famosas las grandes salas de hospitales llenas de camas con seres humanos separados de sus familias en los momentos de su vida qué tal vez más necesitaban de cariño y amor.
Solo hasta las últimas dos décadas del siglo pasado el desarrollo progresivo de la atención integral en salud se volvió el eje central de los procesos educativos en medicina. Esta modificación privilegió la atención de pacientes en su entorno comunitario sobre las actividades teóricas y garantizó por primera vez el desarrollo de competencias, lo que se tradujo en la aceptación tácita de la imposibilidad de transmitir al estudiante la totalidad de los conocimientos biomédicos existentes. Fue entonces cuando finalmente se abandonó la idea de formar médicos que supieran de todo y se abrazó la de valorar la formación humanística tanto como la científica.
Los expertos mundiales en educación médica, reunidos en Cartagena durante la semana pasada, a propósito de la celebración de los 60 años de la creación de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (Ascofame) coincidieron en que la reforma a la educación médica del país que ahora se emprenderá, quedará incompleta si ella no incluye los elementos necesarios para garantizar, que además de formar excelentes profesionales, se formen buenos seres humanos. 
A las nuevas generaciones de médicos se les debe continuar enseñando con el ejemplo que si no se puede curar, se debe aliviar y si no se puede aliviar se debe consolar. Un ejemplo de lo anterior es el de no obsesionarse con la inmortalidad, aceptando racionalmente los límites de nuestra humanidad. Los pacientes y sus familias claman por ello.
* Publicada como columna de opinión el 29 de Marzo de 2019 – El Heraldo - Barranquilla, Colombia

Filtro burbuja

Las redes sociales y los servicios de mensajería instantánea han establecido una fuerte relación con la salud en la última década. Nuestra sociedad está cada vez más digitalizada y activa en estos grupos con intereses o actividades en común, llegando en muchos casos a convertirse en la única fuente de información que construye la realidad de los usuarios. Está claro hoy que los temas políticos y los de salud son los que generan mayores interacciones por día entre los clientes de estos servicios tecnológicos.
Cuando las redes se empiezan a usar permiten libremente escoger contactos, decidir donde leer noticias de los temas que realmente interesan, incluso comprar respondiendo a necesidades reales. Poco a poco y sin que se haga evidente, los algoritmos propios de la inteligencia artificial van tomando el control de las decisiones y de una muy sugestiva manera, terminan “personalizando” los contenidos a los cuales se tiene acceso. Los elaborados sistemas empiezan a fidelizar a sus usuarios poniéndolos cada vez más en contacto con personas que piensan y actúan como ellos y mostrándoles como primera opción de resultados de búsqueda cosas que el sistema ha aprendido a partir de las anteriores que se han realizado.
La estrategia de fidelización fue llamada en 2011 “filtro burbuja” y gracias a ella podemos despertarnos un día con la grata realidad de que todo el mundo piensa como nosotros. Vivir dentro de estas burbujas de armonía conlleva al gran inconveniente de polarizar nuestras opiniones. La curiosidad empieza a apagarse y la posibilidad de conocer otras puntos de vista se extingue. Usando el filtro burbuja se han ganado elecciones, se han hecho linchamientos morales y se han construido grandes movilizaciones sociales, entre otras.
En salud, se han aprovechado las bondades de la estrategia para construir grupos de pacientes que se apoyan entre sí, o de cuidadores que comparten sus angustias e incertidumbres. Incluso de manera experimental se han hecho seguimiento a brotes de epidemias con herramientas basadas en mensajes de Twitter y búsquedas en Google. Si bien los resultados de estas iniciativas aún no arrojan los resultados esperados, todo parece indicar que este será el camino usado para predecir epidemias.
La otra cara de la moneda muestra los evidentes peligros que estas endogámicas comunidades pueden exponer a los pacientes. El exceso de ruido y la ausencia de voces autorizadas pueden hacer que información inexacta o directamente errónea genere, entre otros casos, alertas de salud pública cuya magnitud y reacciones pueden superar de lejos el impacto negativo que la supuesta amenaza estaría en capacidad de producir.
No pretendo descalificar el uso de estas herramientas, que cuando son usadas con responsabilidad individual y colectiva mucho han facilitado nuestras vidas. Mi intención es invitar a nunca perder la curiosidad por las opiniones contrarias y a compartir información con prudencia garantizando en lo posible la confiabilidad de las fuentes.
* Publicada como columna de opinión el 12 de Abril de 2019 – El Heraldo - Barranquilla, Colombia

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