viernes, 7 de junio de 2019

La isla

La semana pasada los barranquilleros nos enteramos, con gran asombro y profunda tristeza, que nuestro majestuoso río Magdalena había depositado en las playas de Puerto Colombia más de 600 toneladas de basura, contaminando cerca de 18 kilómetros de litoral del departamento. Esa gran masa se movía frente a los balnearios como una “isla” de desechos conformada por troncos y residuos inorgánicos entre los que se podían distinguir, incluso, electrodomésticos. La deforestación en las riveras y la poca conciencia ecológica de algunos habitantes río arriba ocasionaron el fenómeno.
Tan importante como la basura que nos trajo el río en forma de “isla”, es la contaminación que no vemos y que desde hace años se deposita en nuestro suelo y en los organismos vivos que entran en contacto con su agua.
La cuenca del Magdalena ocupa un 24% del territorio colombiano y en ella se encuentran 11 departamentos, donde vive un poco más del 70% de la población colombiana, produciendo cerca del 80% de su producto interno bruto. Esta preponderancia en la realidad económica y demográfica nacional tiene su precio para el río. Actividades como la producción industrial o la minería ilegal contaminan con metales pesados el agua y si bien, por su gran caudal, estos terminan diluyéndose hasta niveles aparentemente seguros para los seres humanos, poco se ha estudiado el impacto en el entorno de contener esta agua en pozos o lagunas, o de cómo nos afecta el consumo de animales crónicamente expuestos a ella.
La contaminación biológica es un problema ancestral del río. Muchos de los municipios ubicados en su cuenca hacen vertimiento de aguas residuales domésticas sin tratamiento o inadecuadamente tratadas. En muchos municipios de la Ciénaga Grande de Santa Marta es frecuente la aparición de picos epidémicos de enfermedades asociadas a la contaminación del agua. Al respecto, el Índice de Calidad Ambiental Marina – ICAM, relaciona y pondera variables físicas y químicas para clasificar entre 0 % (pésima calidad) y 100 % (óptima calidad) las características de las aguas marinas para la preservación de la flora y fauna presentes en ella. Este índice ha mostrado que ocasionalmente en algunas zonas costeras del departamento del Atlántico las concentraciones de microorganismos en el agua alcanzan niveles que las clasifican como no aptas para uso recreativo por contacto primario (natación y buceo libre), reflejando de manera indirecta el impacto de la descarga de un río biológicamente contaminado.
El río también está afectado por los llamados contaminantes emergentes. Los pesticidas, las hormonas y los antibióticos pertenecen a este grupo. Estas sustancias son potencialmente nocivas para la salud y el medio ambiente, y a la fecha su monitoreo está escasamente regulado. El glifosato es un contaminante emergente, su uso indiscriminado con aspersión en la gran cuenca del Magdalena podría generar efectos indeseables en los organismos que vivimos cauce abajo.
Ahora que Barranquilla vuelve a interactuar con su río, recibiéndolo como se merece después de su largo recorrido por el país, se torna indispensable que como ciudadanía participemos en su cuidado. Intervenir en los debates nacionales que buscan preservar y mejorar la calidad de su agua es un compromiso ineludible que tenemos como sociedad.
Columna de opinión publicada 7 de Junio 2019 en El Heraldo

Lecturas complementarias:







jueves, 6 de junio de 2019

Decisiones

La vida social humana es ricamente compleja por las elecciones que permanentemente debemos hacer. Estas decisiones van desde cosas trascendentales, como la profesión a estudiar, hasta las relativamente banales de decidir, si tomamos o no otra taza de café.
El desarrollo de nuestra civilización ha aumentado el número de decisiones que podemos y debemos tomar. La diversidad de productos de consumo ha crecido exponencialmente y en un ejemplo diario pasamos, en menos de 30 años, de escoger entre dos canales de televisión a una oferta ilimitada de contenido audiovisual en televisores, computadores, tabletas y celulares.
Un gran número de las elecciones diarias las hacemos siguiendo rutinas o hábitos, para algunas otras debemos hacer una consideración consciente entre las alternativas, sopesando la información y seleccionando la opción más prometedora en términos de resultados deseados. Estas últimas nos obligan a autorregularnos constantemente para anular las respuestas automáticas, lo cual consume nuestra energía a medida que avanza el día tomando decisiones.
Un ejemplo famoso de fatiga por toma de decisiones diarias en el ámbito profesional se puede leer en una investigación de jueces israelíes publicada hace algunos años. Ante casos similares, en lo que decidían si otorgaban o no libertad condicional al acusado, el veredicto variaba dependiendo de en qué momento de la jornada laboral se presentaba el caso. Consistentemente se evidenció que al inicio del dia de trabajo y en las horas inmediatas siguientes al receso de medio día más sujetos recibieron la decisión de libertad condicional. Prácticamente ningún caso de los valorados justo antes de tener las pausas para descanso obtuvo la libertad condicional. Desde la perspectiva del prisionero, el que su caso fuese evaluado al inicio de la sesión o inmediatamente después de la pausa le daba una clara ventaja.
Los médicos estamos expuestos en nuestra práctica diaria a este tipo de fatiga. Cada acto médico lleva implícito la toma de un gran número de decisiones. Casi de manera continua debemos decidir si solicitamos o no un examen, si formulamos o no un tratamiento. Un estudio reciente mostró que al avanzar la jornada de consulta externa la adherencia de los profesionales a las guías para la formulación de pruebas que detectan precozmente el cáncer disminuía. Trabajos anteriores ya habían hecho evidente la mayor probabilidad de que se formule un antibiótico para una infección viral a medida que pasan las horas del médico trabajando en atención primaria. Parece ser que la fatiga tomando decisiones nos induce a hacer lo más sencillo en términos de gasto energético, que es decidir siguiendo una rutina: formular antibióticos en lugar de argumentarle al paciente por qué no son necesarios, o no solicitar pruebas para evitar tener que explicarlas.
Las largas y pesadas jornadas laborales que nos imponemos en el ejercicio profesional en salud terminan magnificando el impacto de la fatiga por la toma de decisiones. Las consecuencias en términos económicos para el sistema y en el bienestar de nuestros pacientes aún no se alcanzan a dimensionar.
A los médicos nos gusta considerarnos personas que tomamos decisiones racionales, pero todo parece indicar que, al igual que los jueces del estudio israelí, la racionalidad varía dependiendo del momento del día.



Columna de opinión publicada 23 de Mayo 2019 en El Heraldo


Metáforas

Por razones que van desde una clara intención de llamar la atención hasta volver comprensible lo confuso, pasando por la necesidad de crear nombres para realidades que no las tienen, usamos con frecuencia las metáforas. Sin ser muy conscientes, ellas están en nuestro lenguaje cotidiano y dicen más de lo que estamos dispuestos a admitir, o de lo que explícitamente expresamos.
Cuando en salud nos referimos a las infecciones, las metáforas preferidas son tomadas de la guerra: nuestro cuerpo es atacado por agresivos invasores, contra los cuales, la defensa con antimicrobianos resulta ser un arma muy efectiva. Es difícil encontrar una forma más simple para describir cómo actúan estos medicamentos. Sin embargo, en ella se omite que al atacar con armamento de poca precisión a las agresores podemos causar daños muy severos a la población que pacíficamente reside.
En nuestro cuerpo tenemos más microorganismos que células. Desde el nacimiento somos colonizados de manera progresiva y continua por un sin número de ellos que en conjunto reciben el nombre de microbiota. Aun no alcanzamos a comprender completamente la relación que existe entre estos, nuestros huéspedes biológicos, y nuestra salud. Sabemos con certeza que son fundamentales para la nutrición y el metabolismo, que ayudan al crecimiento y recuperación de algunos epitelios, y que nos defienden contra agentes infecciosos.
Diariamente se esta generando nuevo conocimiento acerca de esta inmensa población de seres vivos que nos habita. Apropiándonos de él hemos cambiado ese enfoque darwinista puro, que usaba la metáfora para explicar la evolución en el planeta con la idea de que solo sobrevivió el más fuerte. Hoy sabemos que la competencia de todos contra todos no fue el principal mecanismo evolutivo; que si bien los seres vivos competimos permanentemente por los siempre limitados recursos y por las mejores oportunidades de reproducción, solo la cooperación entre las especies, estableciendo relaciones de interés mutuo, logró las fuerzas impulsoras necesarias para una evolución simultánea y exitosa.
Los seres humanos formamos parte de ecosistemas complejos, el todo depende de cada una de las partes, cualquier alteración en apariencia menor afecta el conjunto, porque ningún elemento orgánico o inorgánico, grande o pequeño actúa desconectado de los demás. Bacterias y hongos facilitan nuestra digestión, nos cuidan la piel, nos mantienen sanos. Los ataques sin precisión que hacemos contra ellos terminan debilitando la diversa y útil vida que hay dentro de nosotros.
Más claramente aún, si bien en algunos momentos de nuestras vidas podemos entrar en conflicto con algún microorganismo y debemos usar armas potentes contra ellos, la guerra puede, metafórica o literalmente, producir daño severo en todo el sistema.
El uso indiscriminado de antibióticos usualmente acaba con los invasores, pero también puede hacerlo con los ciudadanos buenos que nos protegen de la aparición de agentes como la candida auris, hongo que ha sido reportado recientemente en algunos estados de Norteamérica como causante de infecciones hospitalarias letales.
hmbaquero@gmail.com
@hmbaquero


Columna de opinión publicada 9 de Mayo 2019 en El Heraldo
https://www.elheraldo.co/columnas-de-opinion/hernando-baquero-latorre/metaforas-630298

Otras adicciones

El estudio de casos se ha convertido en una estrategia muy eficaz para que los interesados en aprender de una disciplina desarrollen habilidades buscando soluciones a una historia concreta. El caso será relevante en función de su potencial para explicar un fenómeno más general. Algunos de los hechos referidos en los casos pueden estar dramatizados o incluso ser ficticios, buscando con ello hacer énfasis en situaciones de marcado interés.
Como ejemplo de lo anterior describo a continuación el caso de un varón de 44 años de edad, deportista de alto rendimiento, con historia de múltiples cirugías por lesiones en columna y rodilla en los últimos once años. En algún momento de la evolución de su enfermedad, por sus cuadros de dolor agudo, le fueron formula- dos analgésicos opioides, los cuales tomó inicialmente siguiendo las recomendaciones médicas de dosis y frecuencia. Al ir desarrollando tolerancia a los medicamentos prescritos, empezó a consumirlos sin precaución.
En el deporte que él practicaba los controles antidopaje no eran muy estrictos y si bien , algunas de los sustancias que consumía estaban en la lista de prohibidas, amparaba su ingesta bajo la modalidad de “excepciones por uso terapéutico”. Lo que inició como un tratamiento fue migrando a una adicción y con ella vinieron las crisis de ansiedad por necesidad de consumo. El rendimiento deportivo disminuyó ostensiblemente, su vida familiar se vio seriamente afectada y lo que hasta ese momento era una situación personal, se convirtió en un problema legal al ser arrestado por conducir bajo la influencia de sustancias psicoactivas. Las muestras toxicológicas evidenciaron consumo de Hidrocodona e Hidromorfona ( analgésicos opioides ), Alprazolam y Zolpidem (ansiolíticos), y derivados de la marihuana usados para el tratamiento de dolores crónicos.
Dentro de los compromiso que el deportista adquirió, para evitar un castigo judicial mayor, estuvo el de someterse a un tratamiento intensivo de rehabilitación que lo liberase de la adicción a estas sustancias. Felizmente la terapia logró su objetivo, el paciente pudo recuperar su vida familiar, volver a la competencia y triunfar de manera espectacular como lo hacía antes de su adicción.
A diferencia del paciente del caso anterior, más de 10 millones de estadounidenses por año siguen abusando de los analgésicos opioides de venta con receta. Las muertes asociadas a este consumo desbordado motivaron, entre otras causas, a que en el año 2017 se declarara una emergencia de salud pública en ese país.
En Colombia aún no contamos con cifras claras que muestren la magnitud de este problema. Si bien, muchos de esos medicamentos son ahora de venta controlada, un mercado ilegal conocido por todos funciona muy eficientemente para los “asiduos usuarios” de estos analgésicos y ansiolíticos.
El dolor y la ansiedad son condiciones de salud que deben tratarse de manera integral. Los pacientes deben ser informados de los potenciales efectos adictivos de las drogas que usan en sus tratamientos y de los posibles eventos adversos a que se exponen si su consumo no se hace de manera responsable.
Columna de opinión publicada 3 de Mayo 2019 en El Heraldo